-Y en ese momento, te lo juro, justo cuando vamos
a cruzar el umbral de la puerta, me acuerdo de la guerra. De súbito
me viene la guerra a la cabeza; dicen que pasa cuando uno se va a morir,
que se le agolpan muchos recuerdos a la vez como una cuerda de presos
liberada. En la guerra también vuelan la central, los republicanos,
en la huida, o en la desbandada podríamos decir. Entonces nos hacen
salir a la acequia del molino. Los soldados en retirada están en lo
alto, en las Carcamas. Han cogido de casa colchones de aquellos de corcho.
Nos vamos las mujeres, entonces sólo estamos las mujeres en casa para
llevarlo todo, el molino, los huertos, los animales, todo, y aún nos
caen unas piedrecicas de la explosión. Los nacionales, después, les
harán una bolsa, desde el Mas de las Matas, por El Forcall, una bolsa,
y los cogerán dentro como en un corro. Allí se entregan muchos, y muchos
otros mueren. Tenemos que irnos evacuadas a la Algecira. Y por el camino
baja uno del pueblo con los moros, a violarnos. Les han hablado de las
chicas de la central, de que éramos rojas. Y los soldados que están
en las Carcamas se ponen a dispararles y nos gritan, no paséis, no paséis,
que bajan los moros. Yo tenía poco más de quince años. Después, en la
Algecira, de noche, la abuela no puede dormir, tiene un desasosiego
que no puede dormir. Pues, ¿y qué será? Allá a las diez o las once de
la noche, pam, pam, llaman a la puerta. ¿Quién va? Bajen. Abran. Y se
encuentra con dos o tres soldados. Les acompaña gente del pueblo. Que
se tienen que venir con nosotros a Ladruñán. ¿Y a qué hemos de ir? Usted,
no, mi hermana Rosalía no, porque era ciega. Usted se queda aquí. Las
llama el comandante y tienen que venir. Los nacionales se han hecho
con todo. Pues a Ladruñán. La tía Rosalía, pobrecica, se ha de quedar
sola con una vecina que ni conoce. Y allí que vamos la abuela, tu madre,
otra chica de La Algecira y yo. Nos acusan de espías. Fíjate, que si
les hacíamos señas a los rojos, que si..., qué se yo, mentira todo.
Y que nos tienen que fusilar. ¿Que nos tienen que fusilar? Dice, sí,
sí. Pero resulta que el comandante ha ido a parar a casa de unos que
nos conocen bien, y se ve que hablan. Y les dicen, pero cómo van a matar
a esa familia si son tan buena gente, si no han hecho nunca nada, son
de izquierdas, sí, pero no han hecho mal alguno a nadie. Conque no sé
cuántas veces nos llaman a declarar, y las declaraciones nuestras se
las pasan al comandante, y el comandante ya ve que somos buenas personas.
Y dice, bueno, pues no las vamos a matar, pero les vamos a cortar el
pelo al cero. Y nos llevan a otra casa a cortarnos el pelo al cero.
Y aquel hombre que nos tiene que rapar aún nos da un trozo de chocolate
a cada una, está malo en la cama, y dice, os lo voy a dejar, el pelo,
mejor que lo lleváis. Y tampoco nos lo toca, hala, hala, que hay una
gente más mala en este pueblo, nos dijo el hombre... Un sargento o un
alférez, algo así es. Y cuando, quince o veinte días después, bajamos
otra vez a la central, pues ya vemos que se nos han llevado las gallinas,
el cerdo, y el caballo, pero el caballo se les escapa. Nos han saqueado
la casa, los del pueblo nos roban muchas cosas: piezas de ropa, un violín.
Fíjate tú de qué poquica cosa puede llegar a depender tu vida.