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HISTORIA EN EL CAMINO:
I MARCHA AL CERRO MORENO.
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El 6 de noviembre de 2004 faltaba un día
para que se cumplieran 55 años del asalto al Cerro Moreno. Frente
a la puerta del Ayuntamiento de Santa Cruz de Moya, nos reunimos unas
setenta personas dispuestas a andar y a aprender.
El día fue apacible, amable con
los caminantes, nunca demasiado caluroso pese al esfuerzo, en ningún
caso frío. Se dividió al personal en dos grupos. El primero
atajaría por Orchova, un recorrido
catalogado por los organizadores con una dificultad media-baja. El segundo,
atendería al recorrido tradicional, más largo y considerado
con una dificultad media.
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El que esto escribe realizó el
viaje a través del tiempo por la ruta tradicional, desde la cabeza
del término. Por el paraje Ciprés, nos dirigimos a la
aldea de La Olmeda, dista
a dos kilómetros. Atravesamos el oliveral hasta llegar al río,
que remontamos hasta el puente que da acceso a la aldea. Un balcón
por el que contemplar la bajada del Turia encajonado para abrirse a
la huerta que verdea sus riberas.
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Desde el puente, atravesamos La Olmeda
entre los vecinos sorprendidos por la multitud y tomamos el camino gris
de greda hasta coronar la formación rocosa del Pico de La Portera.
La dificultad se acusó por la fuerte pendiente y empezó
a hacerse el silencio entre los excursionistas, a separarse los grupos
y a colorearse nuestros rostros por el esfuerzo. No en vano, iniciábamos
una ascensión que nos llevaría en unos pocos kilómetros
de los 600 a los 1300 metros.
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Durante las paradas, explicábamos
a los visitantes las historias de cada piazo, sus usos, las anécdotas,
el terrible esfuerzo y trabajo que costó a nuestros abuelos intentar
seducir con bancales a esta tierra hermosa y salvaje. La vegetación
de bosque ocupa ahora los lugares que antes de las continuas despoblaciones
se reservaron a la viña, al almendro, al cereal, a todo aquello
que pudiera transformarse en un alimento para nutrir a las numerosas
familias que poblaron nuestro término hasta los años cincuenta.
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La fuente de La Juan Dulce ha vuelto a
perder su caño y el modesto caudal que por allí manaba
se ha convertido en un hilillo. Nos obligará a recanalizarla
para que el caminante pueda encontrar alivio a la sed nacida del subidón.
Al llegar al Collado Royo pudimos divisar el objetivo de nuestros pasos.
El camino llanea entre paredes de bancales hasta llegar a la entrada
del valle de La Saladilla, otrora campos de mieses reforestados con
hileras de pinos. Allí funcionó uno de los antiguos rentos
del que es difícil encontrar sus restos. Fue uno de los primeros
abandonos, junto con la Casa
de la Párvarez, al iniciarse este siglo. Las duras condiciones
de vida de los que vivían alejados, convencerían a sus
habitantes a buscar unas mejores condiciones de vida.
De nuevo iniciamos la subida hasta el
Collado Raso. Allí nos esperaba un puesto de avituallamiento.
Habíamos previsto que uno de nuestros coches estuviera al servicio
de quién lo necesitara y pudiera suministrar la preciada agua
que aliviara tanto sudor. Una vez repuestos, en el lugar que se dice
subieron los mulos desde La Olmeda para cargar con los cadáveres
de los doce guerrilleros muertos en Cerro Moreno, nos decidimos a atacar
la cumbre en una colorida hilera.
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Nos instalamos muy cerquita de donde se
había levantado el campamento guerrillero. Allí se comió.
Habíamos salido pasadas las 9,30 h. y ya eran las 14,30 horas
de la tarde. Unas cinco horas entre pasos y paradas obligadas para reagruparnos
y continuar
Al acabar el refrigerio Teo nos dio una
excelente lección de naturaleza y del uso que de ella hacemos
los hombres y las mujeres desde el tiempo del que aún poseemos
su memoria. Geología, flora, fauna, agricultura, silvicultura
fueron los contenidos de sus palabras. Se definió el contexto
natural donde se desarrolló la lucha guerrillera.
Luego pasamos a la historia de este Cerro,
desde que fue ocupado por los guerrilleros, hasta su violento y sangriento
desalojo. Recordamos todos los nombres y las fechas, a los que murieron
y a los que se libraron de aquella masacre. Nos basamos en los diversos
libros que se han publicado al respecto, en los testimonios de nuestros
vecinos, en el relato documental de Francisco Bas Aguado, Pedro, el
único guerrillero que pudo escapar al cerco, en el testimonio
oral de Alejandro Monleón, exguardia civil que participó
en el asalto y en el artículo de Salvador Fernández Cava,
Un
fecha decisiva para la Agrupación Guerrillera de Levante: Cerro
Moreno, 7 de noviembre de 1949, publicado en la revista Olcades,
el cual hemos fusilado sin compasión en otro apartado bajo el
título Algunas
fechas y noticias relativas al asalto del Campamento de Cerro Moreno.
El público aplaudió a pesar de que los oradores los creyeran
entregados a una apacible y merecida siesta.
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El tiempo apremiaba pues se temía,
como ocurrió, que la noche se cerniera sobre nuestras cabezas.
Y es que no contamos con el cambio de horario cuando se planifico la
salida. Bajo el Cerro, nos esperaba el equipo compuesto por Vanesa,
Guillermo, Nerio, Borja y Cecilia. Están preparando un documental
para la televisión sobre la guerrilla y habían llegado
el día anterior con Pedro Alcorisa, Matías y con Eulalio
Barroso, Carrete. Durante la mañana, Pedro los había conducido
a la zona donde él había realizado tareas de punto de
apoyo, para luego ingresar en la Agrupación y ser el mejor enlace,
junto con Ibáñez, según expresión de Florián
García, Grande.
Ellos hubieran querido estar con nosotros,
pero las historias que Pedro les narraba allá por Talayuelas,
por Tuéjar y por Sinarcas, les impidieron cerciorarse de la hora
y llegar con puntualidad. Pedro Alcorisa quería volver a estar
sobre el lugar que ocupó el campamento que él conoció
días antes del asalto. Las condiciones del camino, nos obligaron
a convencerle de que buscáramos una mejor ocasión para
hacerlo.
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El equipo de grabación quería
conocer nuestra opinión sobre diversos aspectos de la recuperación
de la memoria. Tomaron las cámaras y con José María
Azkarraga contestamos a sus preguntas en un mirador natural, bajo el
pico Aguilero, frente al Cerro Moreno.A la mañana siguiente,
aún rodarían a Eulalio, frente al monumento, puesto que
Carrete luchó en Extremadura y en Gredos con Veneno, con Chaqueta
Larga, con Severo, con Donate, con sus cuatro hermanos hasta que cayó
y cumplió condena en Valencia. Fue al salir de esta cárcel
donde conoció a su mujer, nacida en Santa Cruz de Moya, ya que
no hay mejor coincidencia que la que prepara el destino. Guillermo y
compañía partieron a Valencia a ver a Florián y
a Remedios Montero, Celia, y querían ir a Alicante para entrevistarse
con Francisco Martínez, Quico, guerrillero leonés. Les
deseamos mucha suerte en su trabajo y, utilizando una expresión
guerrillera, que tengan buena puntería.
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No realicé la última parte
del viaje por los motivos expuestos. Así que cómodamente
esperé al grupo en el lugar de encuentro. Fue duro el final de
la travesía. Los caminantes venían en su mayoría
agotados, la última rampa, desde el río a Santa Cruz,
puede ser una prueba para los que la afrontan por primera vez, más
si llevan ocho horas de camino a la espalda y prisa por llegar. La poca
luz ocultó el paisaje y no les dejó disfrutar de la última
parte del camino. Dejaron Orchova, de mejor manera que los renteros
que fueron desalojados a raíz de la publicación de la
Ley de Bandidaje y Terrorismo de 1947. Se consideró que aquel
territorio era sensible de abastecer y nutrir a las partidas guerrilleras.
Vaciaron las casas a golpe de miedo y ya no las podremos conocer. Atravesaron
la aldea de Las Rinconadas,
lugar a donde muchos de aquellos renteros buscaron refugio y construyeron
con el tiempo sus nuevas casas o se abrieron paso a la emigración.
El viaje continuó junto al río hasta pasar las simas profundas
y se entró por la punta abajo del pueblo hasta llegar a las Eras.
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La puerta del bar era un continuo abrir
y cerrarse. Algo a lo que no están acostumbrados que ocurra cualquier
sábado otoñal en la pequeña población. Uno
tras otro, se fueron reponiendo con cafés, con refrescos, con
un buen vino o una cerveza y al poco volvieron a la vida, a buen paso
y con alegría.
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El grupo se disolvió por primera
vez en 12 horas, para después de una buena ducha, volverse a
reunir ante la mesa. Antes nos habíamos ido despidiendo de los
amigos y amigas que debían volver a sus casas. Fuimos sesenta
y nueve cenando, numero celebrado donde los haya, y a las tres de la
mañana aún quedaban, incombustibles, más de cuarenta
cantando todo aquello que pudiera salir por una garganta.
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Hemos sacado alguna conclusión
sobre la actividad que realizamos y esperamos que para una segunda ocasión
se solucionen algunos aspectos organizativos que siempre son mejorables.
Serán oportunas vuestras sugerencias y reclamaciones. Queremos
agradeceros la confianza de los que vinisteis, especialmente de aquellos
que nos conocían por primera vez. El entusiasmo y la alegría
en los rostros cuando os despedíais, nos anima a continuar con
este trabajo que creemos esencial para conocer la historia en sus propios
escenarios Será necesario, para conocer el esfuerzo de aquellos
hombres y mujeres, seguir sus huellas, allá donde moraron.
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En abril o mayo planeamos otra actividad.
Hay que prepararse para andar por la Sierra
de Abendón y sobre las vertientes del Turia. Conoceremos
los primeros asentamientos de los que vinieron de Francia para fundar
la AGLA, la aldea de Higueruelas, que llamaron, en tiempos, La Aldea
Roja y Las Casas del Marqués, donde se cuenta que se celebró
el 14 de abril de 1946 con pellejos de vino, dulces y baile. También
hablaremos de las cosas tristes que aquella vida deparó para
los que allí estuvieron. Eran los tiempos sin tregua.
Pedro Peinado.
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Fotos del evento
(de José María Azkárraga. Antonio Ros, Teo Baeza
y Olmeda)
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