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La Imagen fotográfica de la Transición
provoca sentimientos profundos, aún mayores al repasar las
viejasfotografías de recolección que nos presenta
la prensa en la actualidad y el conjunto de publicaciones o catálogos
especializados de carácter documental. No es de extrañar
que la mayor parte de los recuerdos que tenemos actualmente de la
Transición política española sean visuales,
y de entre todos ellos sea la fotografía la que almacena
un mayor poso de memoria frente a la fugacidad de otros medios,
como pueden ser las imágenes cinéticas. En general,
un compendio de imágenes que enfocan nuestra mirada de la
Transición a medida que recuperamos en nuestra memoria los
acontecimientos capturados en cada uno de aquellosinstantes.
La labor esencial, en otros muchos momentos
crucial y arriesgada, de los reporteros gráficos en nuestro
país ha generado una dependencia de lo visual frente a lo
escrito o relatado que todavía hoy no ha llegado a tener
un reconocimiento general. En casos tan reconocidos como el asalto
de los militares al Congreso de los Diputados, la imagen del teniente
coronel A. Tejero en la tribuna en el intento de toma de poder,
cuya iconografía es la más consumida y más
relacionada con el período de la Transición, demuestra
la fuerza que contiene el instante para conformar la memoria colectiva
de nuestra historia reciente. Por circunstancias particulares y
condicionantes dispares el trabajo de los reporteros gráficos,
sus fotografías, no ha tenido en España una imagen
comparable al periodismo escrito, y ni siquiera buena prensa en
la comunidad de historiadores.
Durante el proceso de transición política
española, la sucesión vertiginosa de acontecimientos
genera una inestabilidad narrativa que solamente, con el paso del
tiempo, se ha podido asimilar, estructurar e incluso etiquetar los
distintos hechos que marcaron esos años decisivos en nuestro
país. Todos los comentarios históricos e, incluso
periodísticos, los análisis y las conclusiones sacadas
han sido posteriores a los hechos acontecidos. La palabra o el texto,
medio de transmisión referenciador, no tuvo la capacidad
de encerrar la evolución de los hechos. Tan sólo la
prensa recogió la fugacidad del momento, demostrada por el
nacimiento de una nueva forma de atender a la noticia, y con ella,
la fotografía de prensa retrató la imagen viva de
esos años. Su labor proporcionó el conocimiento real
de los personajes más relevantes, lo que significó
un avance a la hora de entender que era lo que se estaba gestando
políticamente, y lo que cada uno representaba ideológicamente.
Años atrás, durante la dictadura
de Franco, la vida parecía avanzar más despacio, casi
nunca pasaba nada fuera de lo normal. Esta inmovilidad estaba representada
por la presencia del general Franco. Si recurrimos a sus imágenes,
a sus fotografías, son solemnes, estáticas y oficiales.
Toda esta pasividad se quebró tras su muerte, los años
de la transición política imprimieron un ritmo al
país que arrastraba a toda la sociedad española; a
unos les esperanzaba la nueva situación, a otros les desbordaba.
Esta fugacidad es captada, capturada, por la
fotografía de prensa, que en ese instante se convierte en
protagonista real de los acontecimientos, hasta el punto que determina,
en muchos aspectos y momentos, la visión y orientación
de la sociedad. La imagen se vuelve familiar y educa la mirada[1],
la vida política se hace común y sus imágenes
estaban presentes en la vida diaria y familiar de la sociedad, para
saltar de la oficialidad y convertirse en cotidianas.
Por entonces el número y la aportación de las mujeres
fotógrafas de prensa era muy escasa. Lo que constituía
simplemente una avanzadilla del reporterismo gráfico femenino
tenía que competir con el nutrido gremio de reporteros gráficos,
que materialmente monopolizaban la profesión y la actividad
de las principales agencias. La información gráfica
en la prensa diaria alcanzaba valores documentales excelentes y
cotas de calidad técnica no logrados hasta esos años.
Tales características, junto con la restringida tradición
del reportero gráfico español, fueron un estímulo
para muchas de las mujeres que querían profesionalizar su
esfuerzo, talento y compromiso con la fotografía como fuente
documental durante el proceso democrático.
La presencia de la imagen fotográfica,
no sólo en la actualidad sino a partir de los años
setenta en nuestro país, es tan crucial que ha llegado a
ser imprescindible como contenido de información. El valor
de la fotografía como fuente documental fue la preocupación
esencial de muchos reporteros que empezaron a conformar, con sus
fotografías, la mirada de la Transición. Dentro de
este cuerpo, la aportación de la reportera gráfico
sugiere nuevas perspectivas, su mirada, quedando impreso en sus
negativos la sensibilidad, la intuición e incluso la imaginación
de lo que tenían ante su objetivo, ante sus ojos. Esta contribución
de los profesionales del periodismo gráfico no debe ser ajeno
a los historiadores, teniendo en cuenta, además, la profunda
repercusión que están alcanzando los nuevos medios
informáticos, los cuales apuestan por este tratamiento iconográfico,
convirtiéndose en el soporte natural y más idóneo
para las fuentes visuales.
El alto contenido de memoria que muestra la
fotografía, ofrece al historiador posibilidades de trabajo
diferentes al precario tratamiento que ha recibido, y sigue recibiendo,
hasta ahora, como mero complemento ilustrativo de lo que el texto
afirma. La fotografía, como soporte de la memoria, pliega
el pasado en el presente, ya que ésta no muestra la inmovilidad
del pasado sino su continuidad. La imagen fotográfica contiene
los instantes reales de los diferentes acontecimientos que se están
sucediendo y, sin duda alguna, recoge la espontaneidad de un período
tan vivo y crítico como es el de la transición democrática
española.
Como reivindicación práctica,
nuestra actitud debe ser la de apostar por una perspectiva donde
los nuevos soportes informáticos -magneto-ópticos
y digitales- se incorporen como herramienta útil a la tarea
del historiador, adaptándolos a nuestras exigencias de forma
natural. Teniendo la capacidad suficiente de atribuirles la importancia
requerida, pero siendo coherentemente conscientes de que su presencia
tiene que cambiar nuestros hábitos investigadores. Por otro
lado, estos nuevos soportes permiten incorporar todo tipo de recursos,
del tipo de lenguaje hablado, escrito, sonidos e imágenes
cinéticas, entre otros, que refuerzan la función narrativa,
que aumentan la potencialidad expresiva del discurso, ayudando a
organizar la emotividad de los instantes, a darles coherencia actuando
de forma complementaria, para conectarlos y escribir un nuevo discurso
histórico.
En el particular recorrido por el que ha pervivido
el reportero gráfico en España apenas encontramos
fotografías realizadas por mujeres, una ausencia que se equipara
con el resto de los oficios. La secular reivindicación de
la mujer por su reconocimiento social dentro de la élite
que acapara el hombre, por su incorporación y aportación
en las grandes empresas, ha sido, y en determinados espacios y culturas
sigue siendo, una rasgo inherente de las sociedades contemporáneas.
La mujer, que había mostrado sus inquietudes hacia el mundo
de la fotografía en los ambientes oficiales del régimen
franquista, obtiene la profesionalización coincidiendo con
los años de apertura política durante la Transición.
La mujer, en cierta medida y condicionada por
la situación laboral del reportero gráfico, reservó
o guardó su mirada para los acontecimientos que caracterizaron
el proceso democrático, no abrió su visor y enfocó
su objetivo hasta que la situación política y social
del país no había mostrado la pluralidad y los colores
a la cámara que ella sostenía. Las fotografías
de la mujer reportera tenían que competir en el campo del
fotoperiodismo, primeramente por su condición femenina, y,
sobre todo, en cuanto a la calidad de su trabajo. Su presencia en
la profesión coincidía con su auge, con unas cotas
de calidad técnica no logrados hasta entonces y con un valor
documental excelente. En este sentido, su aportación revalorizó
todos estos avances y su talento diversificó la mirada del
reportero de prensa.
La percepción de la mujer con la realidad
que le rodea se diferencia, sus fotografías lo avalan, con
la de sus compañeros por la actitud que muestra en el intento
por cubrir el acontecimiento o la noticia. Al igual que consideramos
por asentimiento general que no es lo mismo oír que escuchar,
para la reportera gráfico no representa lo mismo mirar que
ver. Frente a la mirada mecánica que ofrecen los fotógrafos,
la mujer aporta una mirada que impregna su sensibilidad ante la
vida que tiene frente a sus ojos, su objetivo. Los reporteros son
conscientes de la importancia que cobra en esos momentos su trabajo
y por eso intentan captar la instantánea más reveladora
de la situación, formando esos grupos de presión ante
el protagonista. Desde ese bloque, la mujer enfoca su mirada con
una postura atrevida, emotiva y profesional, cualidades que han
definido la presencia de la mujer en el reporterismo gráfico.
La imagen de cada época, tiempo o generación
está conformada por la proyección de la fotografía
que refleja la realidad del momento. Una de las primeras mujeres
fotógrafos que se hicieron con un nombre en el oficio fue
Frances Benjamin Johnston. A principios del siglo XX, en los Estados
Unidos, la fotografía estaba escasamente relacionada con
la prensa escrita, tan sólo la participación de algunos
periodistas que incluían en sus artículos fotografías
de la noticia estrecharon el vínculo entre fuente y medio
que se ha mantenido hasta nuestros días. Este hábito
era poco usual, considerándose un servicio desconocido y
adicional que complementaba el escrito, pero rápidamente
el interés de los editores exigió la presencia y contratación
de fotógrafos profesionales. Presintiendo las nuevas posibilidades
que se abrían en esa dirección periodistas y empresarios
crean las primeras agencias, como es el caso de George Grantham
Bain que en 1898 funda la Mountauk Photo Concern. Su particular
apuesta fue la de contar con la fotógrafa Frances Benjamin
como profesional para su firma, por su calidad y por su arrojo en
los temas que exponía con sus fotografías.
Esencialmente recogía escenas de trabajo
de sectores marginales, campesinos, carpinteros, trabajadores de
la construcción, pero también, imágenes de
la mujer de su tiempo, el negativo de una sociedad que discriminaba
a la mujer del status privilegiado del hombre por su condición
y por su color. En definitiva, mostraba el compromiso de la autora
con la realidad norteamericana de principios de siglo. En 1897 Johnston
publicó un artículo en el periódico de Casa
de Señoras, que tituló "Lo que una mujer puede
hacer con una cámara". Este artículo pasó
a convertirse en una protesta combativa para reivindicar el papel
que debía desempeñar la mujer desde su posición[2]
y sus fotografías se consideraron como actos reales de denuncia.
Esta línea la combinaba con excelentes
reportajes de la vida política y pública de su país,
trayectoria que la convirtió en la representante de los Estados
Unidos, y única delegada femenina, en el Tercer Congreso
Internacional de Fotografía de París en 1900. Frances
Benjamin entró en el campo de la fotografía cuando
todavía se estaba definiendo, pero supo adaptar su excelente
trabajo como reportera gráfico a las exigencias de la profesión,
con la preocupación por fijar la presencia de la mujer en
este campo y en la sociedad.
La fotografía, desde sus orígenes,
se ha convertido en un instrumento político, tanto por su
utilización como por su manipulación. En la década
de los años treinta, Estados Unidos, y por extensión
la economía de los principales países europeos, se
hunde en la recesión y el desempleo se dispara. Miles de
trabajadores se movilizan en busca de un empleo regular que les
proporcione la subsistencia, muchos de ellos se trasladan a California,
cuya situación es un retrato de la miseria y del desamparo
estatal al tener que hacer frente a la crisis económica.
Allí vive Dorothea Lange, una joven fotógrafa que
mantiene de forma autónoma un estudio de fotografía,
y que traslada su espacio de trabajo a la calle y campos de su ciudad
para fotografiar a la multitud de desempleados que muestran su precaria
condición.
Esta imagen de la Madre inmigrante[3]
rápidamente se convierte en un icono para la propaganda gubernamental
de la Administración Rooselvet, que sirve para activar el
programa económico New Deal y mantener así su promesa
de sacar al país de la crisis. Esta instantánea le
otorga a Lange la oportunidad de dirigir la sección de fotografía
que se encarga de captar la miseria que viven las víctimas
de la Gran Depresión. Los negativos se multiplican, colas
de desempleados, familias empobrecidas o empresarios desesperados
en la bolsa de Nueva York, todos reflejan las escenas de dramatismo,
pero ninguna conmueve tanto como la serie que realizó Lange
en los campos de California, guiada por el mismo instinto y sensibilidad
que esta madre muestra ante sus hijos.
Esta fotografía simboliza el valor de
la mujer ante la difícil situación que debe afrontar
a mediados de siglo, la madre ante el futuro de su familia y la
reportera por consolidar la trayectoria de la mujer en el campo
de la fotografía documental. Pero esta interpretación
la esgrime la propia Lange, ya que su imagen se convertirá
en un icono reutilizado en décadas posteriores con un sentido
parecido al de su concepción, la mujer como víctima
de las injusticias sociales y como protectora en la que podemos
encontrar el amparo de una madre[4]. Ejemplos que intentan prolongar
el valor de lo fotografiado, pero cuyas reinterpretaciones debilitan
la fuerza del instante de la madre inmigrante.
Con la misma curiosidad e interés que
Dorothea Lange muestra ante los acontecimientos que surgen en su
entorno, un importante grupo de reporteros, cuyas fotografías
habían tenido cierta relevancia en la prensa y revistas ilustradas
durante la Segunda Guerra Mundial y los años iniciales de
la Guerra Fría, intenta controlar y dignificar su trabajo
frente al criterio de los redactores, apuesta que se materializa
en la fundación de la prestigiosa agencia Magnum. Este equipo
de fotógrafos, integrado por Robert Capa, Henri Cartier-Bresson
o Eugene Smith principalmente, querían expresar sus ideas
sobre la mayoría de los eventos, sucesos y efemérides
de su época.
Bajo esta misma filosofía de trabajo
y de actuación una joven fotógrafa pasa a formar parte
del mítico equipo de reporteros de Magnum. Inge Morath recorre
el mundo con su cámara, buscando la fotografía de
su carrera con la intención de cubrir cualquier detalle o
protagonista, despertando el espíritu de todo viajero que
quiere descubrir la singularidad de cada rincón del mundo.
Como es el caso de su reportaje Fiesta in Pamplona, en el que destaca
los elementos representativos y costumbres de la fiesta que ha sido
fuente de inspiración para multitud de artistas.
Inge Morath fue, por tanto, la una de las pocas
reporteras gráfico que estuvo en activo en nuestro país
durante el régimen franquista, aunque sin ninguna vinculación
con los centros oficiales. En aquella situación, la imagen
de la mujer en España hay que buscarla en los trabajos de
algunos grandes reporteros extranjeros, en la mirada del otro. Destacan
por su importancia y originalidad Eugene Smith, autor del célebre
reportaje Spanish Village, realizado en 1950 en el pueblo extremeño
de Deleitosa; la mirada europea de Cartier-Bresson que captó
la espontaneidad y los rasgos personales de la sociedad española;
y próxima a la visión del fotógrafo francés
es la de Inge Morath, que realizó cientos de fotografías
llenas de sinceridad y de comprensión con la realidad española
de los años cincuenta.
Morath centró su atención en
los escenarios tradicionales y los ambientes costumbristas de la
mayoría de las regiones de España, extrayendo la particularidad
y la naturaleza de cada una de ellas. Con una especial dedicación,
enfocó su mirada en la mujer como espejo de una sociedad
que fija y trasmite los valores tradicionales. Para ello recurre
a fotografiar escenas que conservan ese carácter popular,
como son los preparativos de las celebraciones religiosas, la mujer
en el matrimonio, en la primera comunión, o en rituales de
Semana Santa, actos donde los valores son heredados por cada generación
y que la mujer conserva en la familia; de igual forma recoge los
ambientes folklóricos, en los que capta la esencia de la
fiesta española donde la mujer es principal protagonista,
como las fotografías de bailes y danzas flamencos o las procesiones
al Rocío; y también centra su interés en escenas
cotidianas de mujeres desempeñando tareas domésticas.
En general, toda una serie de instantes que abren ventanas al mundo
en las que se asoma la mujer retratada por la mirada extranjera
de Inge Morath.
La mujer fotógrafa española,
ausente de la historia de la fotografía, hizo su aparición
con los primeros síntomas de apertura política, estrechamente
relacionada con la eclosión de las agencias gráficas,
entre las que destacan Cover, la más emblemática de
la Transición, Pull o Copi, e incorporadas a las plantillas
de redacción de los principales diarios de la época,
como Informaciones o Pueblo, y más tarde El País o
semanarios como Tiempo. Un grupo de reporteras que empieza a ganarse
una identidad y a profesionalizar su situación, destacando
por su dedicación y esfuerzo, como Frances Benjamin, por
su sensibilidad y emotividad, al igual que Dorothea Lange, y por
el compromiso mostrado por Inge Morath, ante una época en
la que tienen que enfocar su mirada.
Estos son los casos de fotógrafas como
Marisa Flórez, Queca Campillo[6], Aurora Fierro, o incluso,
Cristina García Rodero, que han creado, con sus fotografías,
su particular imagen de la Transición, con instantes que
han escapado del olvido en la memoria de España. Que han
capturando los principales acontecimientos del proceso democrático
desde distintos ángulos y con enfoques diferentes, tan relevantes
que ensalzan los logros y éxitos de los protagonistas de
la Transición. Y aportando una mirada que no difiere en calidad
de la de sus compañeros, sino que alimenta una profesión
de las que han sido relegadas a lo largo de la historia de la fotografía.
De esta forma, la imagen de la reportera se
despliega para captar el acontecimiento, su mirada ya no se presenta
velada y limitada al enfoque de los fotógrafos, sino que
se muestra abierta, decidida y con una capacidad de observación
sostenida. Ante sus ojos han posado personalidades políticas,
líderes de la democracia, protagonistas de singulares y trascendentales
acontecimientos, hasta personajes relevantes de la cultura y comprometidos
con la nueva sociedad, instantes que se han fijado en la memoria
de nuestro país. Sus cámaras han recorrido las calles,
los mítines, las manifestaciones, el Parlamento, las consultas
electorales y la identidad de las comunidades, ejemplos de la realidad
que le han otorgado los mejores premios de periodismo gráfico
durante estas décadas.
Sus miradas han capturado los momentos decisivos,
alos que siempre se ha referido Cartier-Bresson, de la historia
de España, pero han tenido, sin duda, un especial acercamiento
y comprensión por la imagen que la mujer ha conformado durante
estos años, desde los distintos ámbitos políticos
y sociales, y desde sus diferentes ocupaciones. Estas reporteras
han dirigido su mirada también a la mujer como protagonista
esencial de este fin de siglo.
En sus fotografías se manifiestan un
permanente afán por atrapar el instante preciso de muchos
de los protagonistas cuyas trayectorias han desembocado en la soledad
y el desgaste que el proceso democrático les ha exigido.
Un punto de inflexión que dignifica su pasado incorporado
en ese instante que se hace presente cada vez que lo contemplamos.
Estas imágenes provocan la desazón y la seducción
de la espontaneidad, como la fotografía que realiza Marisa
Flórez a Dolores Ibárruri durante una de sus últimas
asistencias a las sesiones del Comité Central del PCE.
Durante los años de la Transición
la mujer abanderó los primeros movimientos de protesta vinculados
con la oposición, se sentía protagonista de su situación.
Primero al reclamar una serie de libertades con respecto al nuevo
régimen, que combinaba con una exigencia de igualdades y
derechos que le habían sido limitadas durante las décadas
anteriores. Tan sólo algunas mujeres ejercieron en la vanguardia
política, Dolores Ibárruri, Pasionaria, representaba
el compromiso de una mujer con sus ideales en la política
y el relevo de las esperanzas de la mayoría de las mujeres
de izquierdas que consolidaron su carrera en democracia. Una imagen
en la que Marisa Flórez intenta recuperar una trayectoria
de la mujer en la política, aunque al mismo tiempo refleje
el retiro de una generación. Un instante que despliega muchos
otros de la dirigente comunista y que recupera del olvido una imagen
velada de la memoria visual de España.
A veces esos instantes decisivos denotan el
interés por mostrar una imagen familiar y sencilla de algunos
representantes institucionales que por tradición han proyectado
una imagen oficial, utilizada y manipulada. El objetivo de estas
reporteras se ha acercado a presidentes del gobierno en faenas de
rutina y en momentos de intimidad, a personalidades relevantes que
han posado con naturalidad, o incluso han mostrado la sencillez
de los miembros de la familia real, cuyos retratos han escapado
de esa oficialidad y han rescatado la espontaneidad que el instante
fotográfico ofrece.
Fotografías que reflejan actitudes que
rompen con el protocolo oficial, gestos que despiertan la curiosidad
de la fotógrafa, en este caso de Queca Campillo, y que se
cristalizan ante su mirada. En tales casos, no deja de ser una imagen
utilizada para reforzar la naturalidad de la familia real, una apariencia
que revaloriza el papel de la mujer como representante de la Corona
en España en un acto solemne e institucional, muy similar
a la sencillez y estima que presenta repetidamente la reina en las
visitas oficiales, pero en definitiva, una fotografía que
encuadra intencionadamente lo que la reportera quiere expresar.
La fotografía de la mujer que la reportera
gráfico ha capturado durante los años del proceso
democrático ha positivizado su imagen. Ha recogido los diferentes
instantes en los que la mujer ha hecho acto de presencia durante
la Transición. Instantes relacionados con su irrupción
en la actividad parlamentaria, en representación de la pluralidad
democrática; liderando propuestas políticas en las
directivas de los partidos nacionales más destacados; desempeñando
cargos de administración y gestión en los diferentes
gobiernos, recuperando la influencia y el prestigio alcanzado en
los años de la República; recogiendo la continuidad
de unos valores y costumbres que habían sido potenciados
bajo los preceptos del franquismo; desafiando con sus posturas,
declaraciones y manifestaciones la tradicional visión que
la mujer había concentrado en el presente, proyectando, de
esta manera, una imagen desnuda y destapada de prejuicios que habían
oscurecido su figura; y reivindicando de forma natural la mirada
de estas reporteras, cuyas fotografías se han convertido
en testimonio real de la presencia de la mujer en nuestra sociedad.
Una multiplicación de fotografías
que escapan del olvido de la memoria de España, y que con
nuevos esfuerzos y estímulos podemos volver a reconstruir
la imagen de la mujer durante esos emblemáticos años.
La proyección de la fotografía es de fácil
comprensión y accesible a todo el mundo, redundante en su
presencia, y su particularidad consiste en dirigirse a la emotividad,
rasgo que, por otra parte, nos sugieren las fotografías de
estas reporteras en cada instante. Sin embargo, la imagen no da
tiempo ni a reflexionar ni a razonar como se puede hacer con la
palabra, bien insertada en un discurso o en un texto y con la que
nos sentimos tan seguros, y ni siquiera podemos enmarcarla en un
espacio determinado. En su inmediatez, en su espontaneidad reside
su fuerza y al mismo tiempo su peligro. El reto y el esfuerzo para
historiador parte por elaborar discursos visuales que contengan
un lenguaje en el que se le conceda importancia a la estructura
en hipertexto, a una organización que vehicule la emotividad
que sugieren los distintos instantes fotográficos engarzados
en la memoria visual de la mujer.
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[1]Freund, Gisélle, La fotografía
como documento social, Barcelona, Gustavo Gili, 1976, p. 123.
[2]Toda la serie de fotografías de Frances Benjamin se puede
consultar en The Collection in the Library of Congress publicada
en internet en la siguiente dirección, www.loc.gov/rr/print/coll/131-b.html,
y en la colección Women Photographers, bajo el título
What a woman can do with a camera, que se pueda consultar un extracto
de la obra en www.cmp.ucr.edu/site/exhibitions/women/johnston.html.[3]Marie-Monique
Robin, op. cit.
[4]El valor que puede llegar a alcanzar el instante fotográfico
manifiesta la importancia de lo fotografiado con el paso del tiempo.
La fotografía de Dorothea Lange fue publicada en 1936 que
refleja, con expresividad, la crisis de la sociedad americana de
los años treinta, pero más tarde el movimiento de
los Black Panthers recuperan la misma imagen retocada con esta leyenda
"La pobreza es un crimen, y la víctima es nuestro pueblo".
La madre y los niños, para este caso, tienen la piel negra
y los cabellos encrespados. Asimismo, años más tarde,
esta imagen de Lange aparece como portada en la revista Bohemia
pero esta vez los niños presentan rasgos indios.
[5] Varios ejemplos de este trabajo en España se pueden consultar,
junto con una ampliada información de la fotógrafa,
en la red, www.ingemorath.net.
[6]Sólo con el paso del tiempo se ha valorado el trabajo
de reporteras tan importantes como Marisa Flórez o Queca
Campillo, su empeño por recordar su presencia, por reconocerse
en sus fotografías se ha explicitado en una obra que han
coordinado conjuntamente bajo el nombre de Memorias y Miradas de
un fin de siglo constitucional. Fotografías de Marisa Flórez
y Queca Campillo, editada por la Fundación Santillana, año
2000.
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