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Se cumplen 60 años del
retorno "furtivo" del frente ruso de la División
de Voluntarios cuando España volvía a
la "neutralidad" en la Segunda Guerra Mundial
La noche del 7 al 8 de octubre
de 1943, se cumplen ahora 60 años, empezaba la
retirada de la División Azul del frente de Leningrado.
Decía adiós a la guerra. Era el símbolo
más palpable, aunque no el único, de la
participación de España -o para ser más
exactos, del Régimen de Franco-en la Segunda
Guerra Mundial.
La División había
marchado hacia el frente ruso a mediados de 1941 entre
entusiastas y multitudinarias manifestaciones. Ahora
regresaba a casa en silencio, casi de manera furtiva.
El propio Régimen no quería que se hablara
de ella porque le inculpaba de colaboracionista con
Hitler.
Franco se vio obligado a retirarla
porque no podía seguir soportando la presión
de los aliados que exigían la retirada de los
soldados españoles. Más cuando el lucero
nazi estaba palideciendo, arrollado en todos los frentes
por la superioridad de las armas aliadas. Curiosamente,
y en contra de lo que algunos auguraron, Hitler no mostró
irritación cuando la representación española
pidió la retirada de la División.
Formaron parte de la División
Azul, en sus diversos relevos, 47.000 hombres. De ellos,
4.500 murieron, 8.000 sufrieron heridas, 7.800 padecieron
enfermedades y 1.600 congelaciones.
Abundaron las actuaciones heroicas
de los divisionarios y la aportación global de
la unidad en el plano militar fue aceptable, aún
cuando muy pequeña respecto a las dimensiones
del conflicto germano-soviético, el principal
y más mortífero frente de guerra de toda
la Segunda Guerra Mundial, aunque la propaganda en Occidente
y la mayor información y filmografía sobre
los frentes occidentales hagan creer lo contrario. Dos
tercios de los ejércitos alemanes no cayeron
enfrentándose a los americanos y británicos
sino a los rusos.
Al margen de cualquier valoración
política, la División Azul había
llevado a los frentes algo positivo: sensibilidad humana.
En contraste con el distanciamiento cargado de sentido
de superioridad de las tropas alemanas ocupantes y de
la brutalidad con que actuaban, de modo especial las
unidades de las SS y de los grupos antiguerrilleros,
los españoles dieron una pincelada de bondad
con la población civil. Los paisanos de los pueblos
ocupados por ellos --quedaban sólo mujeres, niños
y ancianos, porque los hombres jóvenes y de mediana
edad estaban movilizados en el otro bando-- se sentían
felices por el trato recibido, dentro de las penurias
de la guerra. No faltaron lloros cuando unidades alemanas
relevaban a los españoles.
1943, UN MAL AÑO PARA
LA DIVISIÓN AZUL
La "División Española
de Voluntarios", nombre oficial, "División
250" en la estructura de la Wehrmacht (ejército
de tierra alemán) y "División Azul"
como sería más conocida en España,
tomó parte en operaciones militares en dos frentes,
el del Voljov y el de Leningrado, siempre formando parte
del Grupo de Ejércitos Norte de la Wehrmacht.
En 1943 estaba en el de Leningrado
y fue especialmente malo para la División Azul.
Más bajas que nunca, menos gloria que en otro
momento, mayor número de desertores, más
olvido de todos. Y, políticamente, más
bien incomodaba al Gobierno de Madrid.
El 12 de febrero un telegrama
llegado a la representación española en
Berlín procedente del frente ruso y firmado por
el general-jefe de la División, Emilio Esteban-Infantes,
daba información del mayor desastre sufrido por
la unidad: tras un ataque soviético realizado
dos días antes en Krasni Bor daban por perdidos
a tres batallones de infantería, dos compañías
de anticarros, dos de zapadores y un escuadrón,
así como dos baterías de artillería.
De los 4.200 hombres de la unidad
que combatieron aquel 10 de febrero en Krasni Bor cayó
el 53 por ciento. Hubo 1.127 muertos, 1.035 heridos
y 91 desaparecidos. En total, 2.253 bajas. Las pérdidas
soviéticas, según los datos españoles
que seguramente son exagerados como es habitual cuando
se dan apreciaciones de bajas enemigas, fueron de entre
7.000 y 9.000 hombres. Los soviéticos avanzaron
entre 3 y 5 kilómetros, según los puntos
del frente.
Había sido la operación
de mayor alcance vivida en una sola jornada por los
españoles en la campaña de Rusia y el
ataque soviético fue precedido por un aluvión
de fuego artillero que causó muchas de las bajas
divisionarias.
Aunque una parte de los españoles
combatió con heroísmo y audacia frente
a un atacante muy superior en número y medios,
la batalla de Krasni Bor generó entre los mandos
alemanes una sensación de desconfianza respecto
a la capacidad de combate de los españoles y
de su propio jefe, general Esteban-Infantes. Temían
que si los rusos volvían a golpear con fuerza
en el sector defendido por la División rompieran
el frente.
Los soviéticos lanzaron
el 19 de marzo un nuevo ataque de gran dureza en la
zona del río Izhora. El combate quedó
en tablas, con un cierto retroceso de los españoles,
pero también con numerosas bajas soviéticas.
MAL RECUERDO DEL DIA DEL ALZAMIENTO
NACIONAL
El 18 de julio de 1943, el general
español quiso celebrar el séptimo aniversario
del Alzamiento Nacional con una recepción y banquete
a los que no sólo asistirían los principales
mandos españoles sino, sobre todo, una verdadera
galaxia de altos jefes militares alemanes del Frente
de Leningrado. Allí estaba Lindemann (jefe del
XVIII Ejército, del que formaba parte la división
española), Philipp Kleffeld (jefe del Cuerpo
de Ejército), Eberhard Kinzel (jefe del Estado
Mayor del Grupo de Ejércitos Norte), Hans Speth
(jefe del Estado Mayor del XVIII Ejército), y
otros muchos, todos con impecables uniformes y pechos
plagados de condecoraciones.
En pleno almuerzo, después
del parlamento del general español y cuando empezaba
a hacerlo el general Lindemann, el más importante
de los mandos alemanes presentes, un torbellino de fuego,
cascotes y nubes de polvo les envolvió. Los soviéticos,
perfectamente informados por los guerrilleros o por
algún espía entre la propia población
civil de la zona, tenían enfiladas con toda precisión
hacia aquel punto docenas de piezas de artillería
de largo alcance, que lanzaban sus andanadas en un momento
oportunísimo y bien calculado para liquidar a
los principales mandos alemanes y españoles.
Como pudieron, los militares corrieron hacia el sótano
del edificio o hacia las trincheras cavadas alrededor
de él para protegerse. Hubo varios muertos, entre
ellos Alemany, oficial del Estado Mayor de la División,
pero ninguno de los generales ni altos mandos. Resultó
una funesta celebración del Alzamiento Nacional.
EL EJE, DE CAPA CAIDA
Los males de la División
en el campo de batalla en el año 1943 eran en
realidad reflejo que lo que le ocurría al Eje
en todos los frentes. Bastaba echar una ojeada al mapa
de operaciones y compararlo con el de sólo unos
meses atrás para darse cuenta que las cosas no
iban nada bien para los alemanes. A principios de febrero
de 1943 había terminado la batalla de Stalingrado,
probablemente la más mortífera de toda
la historia mundial, con una gran derrota para el Eje.
La Wehrmacht había tenido que retirarse del Cáucaso,
y los soviéticos habían avanzado desde
el Don y el Volga hasta el Donetz. Aunque los alemanes
recuperaron en la primavera Jarkov y Belgorod, sufrieron
una severa derrota cuando en julio de 1943 lanzaron
la "Operación Ciudadela", la famosa
batalla de Kurks, en la que se produjeron masivos enfrentamientos
de carros de combate. En una semana tuvieron 70.000
muertos y 2.900 vehículos blindados destruidos.
Y en el propio frente de Leningrado los soviéticos
habían roto el cerco, aunque la ciudad siguiera
largo tiempo semisitiada.
En los frentes occidentales la
tendencia era la misma. Perdido todo el Norte de Africa
(rendición final de las tropas del Eje en Túnez
el 12 de mayo) , desembarco en Sicilia (19 de julio),
destitución y encarcelamiento de Mussolini (25
de julio), desembarcos en la península italiana
(a partir del 3 de septiembre), y, finalmente, el abandono
de Italia del bando del Eje (8 de septiembre) y su paso
al adversario.
Y, aunque se viera menos en el
mapa, la aviación angloamericana bombardeaba
día y noche las ciudades e industrias de Alemania
con una frágil respuesta de la Luftwaffe, mientras
en el mar la eficacia de la flota submarina del Reich
había quedado muy mermada ante las mejoras técnicas
en el sonar y el radar de los barcos aliados, así
como con las nuevas estrategias de protección
de convoyes.
Decididamente, en aquel año
1943 la guerra había cambiado de signo, aunque
no todos los altos dirigentes de Madrid creyeran en
ello. Persistían algunos sectores favorables
a la entrada de España en la guerra a favor de
Alemania, en especial, entre los militares, el triunvirato
Muñoz Grandes - Yagüe - Asensio. Pero también
había generales más o menos abiertamente
pro aliados, como Varela, Kindelán o Aranda.
En 1943, por otro lado, hubo un peligro real de invasión
de la Península por parte de los alemanes, algo
que apenas trascendió, e incluso es desconocido
entre muchos historiadores. Los germanos temían
una invasión angloamericana de la Península
Ibérica tras la conferencia Roosevelt-Churchill
celebrada en Casablanca entre el 14 y el 24 de enero
de 1943 y el jefe de los Ejércitos alemanes en
Francia, mariscal Karl Gerd von Rundstedt y su Estado
Mayor habían proyectado la "Operación
Gisela", consistente en ocupar la península
ibérica para oponerse a tal invasión.
PRESIONES ALIADAS SOBRE MADRID
En esta coyuntura, americanos
e ingleses no cesaban de presionar al Gobierno de Madrid
para forzarle a alejarse del Eje. De forma intermitente
cortaban los suministros de petróleo y denegaban
navy certs, certificados de navegación que controlaba
la flota británica en su acción de bloqueo
continental, con el fin de cortar posibles suministros
ultramarinos a países del Eje. Lo aplicaban también
a los barcos que navegaban rumbo a puertos españoles
o zarpaban desde estos.
Por el contrario, quien ya había
dejado de presionar a España para que entrara
en guerra era Hitler. A mediados de 1943 le bastaba
con que se mantuviera fuera del conflicto, siguiera
suministrando wolframio a la industria de guerra alemana,
fuera base de información y el país estuviera
dispuesto a defenderse en caso de ser invadido por los
aliados. No le interesaba un nuevo frente. Ya tenía
demasiados.
El ministro español de
Asuntos Exteriores, Francisco Gómez-Jordana,
conde de Jordana, y el director general de Política
Exterior, José María Doussinague, presionaban
para que España volviera a la neutralidad, dejando
la no beligerancia, que era en realidad una forma de
proximidad al Eje. En este marco intentaban también
que la prensa adoptara una posición más
equilibrada, más neutral, acabando con la tendencia
pro alemana. Doussinague, en su libro "España
tenía razón" afirmó que "la
batalla de la prensa se ganó en julio" de
1943, con la caída de Mussolini y las consecuencias
de la derrota alemana en Kursk.
Hacia agosto de 1943 lo más
tangible que quedaba de la no beligerancia española
era la División Azul. Y a por ella se lanzaron
los embajadores aliados en Madrid, el americano, Cartelton
J. H. Hayes, y el británico, Samuel Hoare.
El 29 de julio Franco recibió
en audiencia a Hayes, que le pidió la retirada
de la unidad del frente ruso, así como una declaración
inequívoca de neutralidad por parte del Gobierno
español. No olvidó recordarle la necesidad
de imparcialidad en la prensa española, cuyos
lectores aún podían creer, a la vista
de lo publicado, que los alemanes ganaban la guerra,
cuando desde hacía bastantes meses iban de derrota
en derrota.
Franco expuso al embajador su
teoría de las tres guerras, que tampoco esta
vez "coló" en el embajador americano.
Consistía tal teoría en que la guerra
mundial no era en realidad un solo conflicto, sino la
superposición de tres. Uno, el que mantenía
Alemania con los Estados Unidos y Gran Bretaña,
en el que España era neutral. Otro el que libraban
los alemanes con los soviéticos, en la que Madrid
estaba a favor de los alemanes frente al comunismo.
Y un tercero el de Extremo Oriente, cuyos principales
protagonistas eran Estados Unidos y Japón, en
que España era favorable a los americanos. Para
los aliados no había más que una guerra,
y respecto a ella había que tomar posición.
Los resultados del encuentro de
Franco con el embajador norteamericano no se vieron
de inmediato, pero no tardó en detectarse en
buena parte de la prensa española un distanciamiento
del Eje. El 7 de agosto, además, el ministro
Jordana informó a Hayes que, a la primera ocasión
favorable, el Gobierno español haría una
declaración de neutralidad.
El 20 de agosto era el embajador
británico quien era recibido por el general Franco
en su residencia veraniega coruñesa del Pazo
de Meirás, junto con el ministro de Exteriores,
conde de Jordana. Hoare vino a pedir prácticamente
lo mismo que el embajador americano, pero expresando
el rechazo a la Falange y reclamar su desmantelamiento
por considerarla el ámbito más pro nazi
dentro del Régimen. El embajador inglés,
menos comprensivo que el americano para con el Gobierno
de Madrid, fue más allá y dio un golpe
de efecto: un par de días después viajó
a Londres y concedió entrevistas a la BBC y a
los corresponsales aliados en las que anunció
públicamente que había pedido a Franco
la retirada de la División Azul.
La difusión de tal reclamación
fue un jarro de agua fría para Madrid. El 26
de agosto Jordana llamó indignado a su despacho
a Hoare. Aunque el ministro español era partidario
de la retirada de la División, a España
le interesaba hacerlo de forma que pareciera una decisión
voluntaria, no el resultado de la presión de
los aliados. Sin contar con que los alemanes presionaron
en sentido contrario.
Quien en aquel momento era director
general de Política Exterior, José María
Doussinague, afirma en su libro "España
tenía razón" que en la primavera
de 1943, antes de que ningún embajador plantease
el tema, la Dirección General propuso en un informe
la retirada de la División. El plan consistía
en pedir un relevo de la unidad para descansar, luego
ya no se aceptaría que regresara al frente y,
gradualmente, se irían retirando los efectivos.
Añade que "el Plan era secreto, no deseándose
que lo supieran ni los mismos aliados, porque cualquier
indiscreción perjudicaría su puesta en
práctica. Y, en efecto, la publicidad que se
dio a la entrevista del Pazo de Meirás creó
en Alemania recelos que retrasaron considerablemente
el regreso de la División".
Doussinague trata de defender
la posición del Gobierno español, pero
si un proyecto elaborado y decidido en primavera ni
siquiera había sido planteado a los alemanes
a finales de agosto es señal que el órdago
del embajador británico fue más eficaz.
Otra cosa es que Hoare tuviera un ansia desmedida de
protagonismo.
En el mundillo de los espías
afincados en los países neutrales, en Estocolmo,
en Ankara, en Lisboa, y de forma más disimulada
en Madrid y Barcelona, se comentaba en septiembre de
1943 la próxima retirada de la División,
aunque las autoridades españolas seguían
negándolo. La realidad es que aunque el Gobierno
de Madrid veía claro que no había otro
remedio que volver a la neutralidad y retirar la División,
no encontraba la forma, porque temían muy mucho
la reacción de Berlín.
VUELTA A LA NEUTRALIDAD
El 24 de septiembre, sin más
comentarios, Franco anunció en la reunión
del Consejo de Ministros su intención de transformar
la División en una Legión. Es decir, buscaba
una forma salomónica, consistente en sustituir
aquélla por una unidad menor. No concretó
más ni se hizo pública la decisión.
El golpe se producía el
1 de octubre en que España declara su neutralidad
abandonando la no beligerancia. Al día siguiente,
el embajador español en Berlín, Ginés
Vidal, recibía instrucciones para informar al
Gobierno alemán de la decisión de retirar
la División Azul, a la vez que el ministro Jordana
recibía en Madrid en audiencia al embajador alemán,
Hans Heinrich Dieckhoff.
La argumentación española
incidió en la falta de nuevos voluntarios, que
había llevado a medidas de reclutamiento forzoso
para ir cubriendo relevos, y en que la División
había luchado mucho y bien pero se había
producido un descenso de espíritu combativo,
con lo que se corría un riesgo de desprestigio
de España. Sólo de forma tangencial se
hizo referencia a la presión angloamericana.
A la vez, desde el Gobierno de
Madrid se insistiría por otras vías a
los mandatarios nazis en que se aumentaría el
suministro de wolframio, lo que podría ser más
decisivo para el esfuerzo de guerra alemán que
unos miles de soldados de infantería.
HITLER REACCIONA BIEN
Una preocupación entre
las autoridades españoles era la reacción
que podría tener Hitler a la vista de la decisión
de Franco. Una respuesta encolerizada del dictador nazi
podía convertir a todos los miembros de la División
en rehenes de los alemanes. Estaba en la mente de todos
lo ocurrido sólo unas semanas antes a los soldados
italianos cuando Italia firmó el armisticio y
cambió de bando.
Sin embargo, según explica
Helmut Heiber en "Hitlers Legebesprechungen: Die
Protokollfragmente seine militärischen Konferenzen
1942-1945", y lo reproducen los historiadores Gerald
Kleinfeld y Lewis Tambs en "La División
Española de Hitler", el Führer comentó
en una reunión con miembros de su Estado Mayor
que los españoles había pedido el regreso
de la División y dijo: "Manejaremos a la
gente con el mayor respeto". Sólo el Jefe
del Estado Mayor, general Alfred Jodl, advirtió
que los españoles podían regresar pero
"las armas se quedan aquí".
La realidad es que los alemanes
se portaron bien con los divisionarios en este momento
de la despedida, aunque sin duda muchos serían
conscientes del negro futuro de Alemania y pensarían
que "las ratas dejan el barco cuando ven que se
va hundiendo".
LOS ULTIMOS EN ENTERARSE
El 4 de octubre de 1943, ya entrada
la noche, se avisa al mando de la División que
el general Lindemann llegará a la mañana
siguiente para imponer la Cruz de Caballero al general
Esteban-Infantes. Tanta premura sorprende a todos. En
la ceremonia, el general español está
eufórico, convencido de que la condecoración
impuesta premia su valor y eficacia y los de sus divisionarios,
y comenta a su superior alemán detalles de algunos
de los últimos combates. Finalmente Libermann
le comunica que la División se retirará
del frente para descansar.
En la noche del 7 al 8 de octubre
las primeras unidades de la División dejan la
primera línea y marchan hacia retaguardia, siendo
relevadas por tropas alemanas. Desconocen que ya no
han de volver. El relevo durará hasta el día
12 de octubre, y en esta jornada aún algunos
españoles participan en combates. No será
hasta la tarde de este 12 de octubre, celebrado como
Fiesta de la Hispanidad, cuando Libermann comunica a
Esteban-Infantes y a sus principales jefes que la División
regresa a España.
El general español y sus
oficiales se quedaron de piedra. Nadie desde Madrid
o desde la representación española en
Berlín les dijo nada. Eran los últimos
en enterarse.
Un avión correo llegó
el 20 de octubre. Trasladaba al agregado militar en
Berlín, teniente coronel Bernados, para explicar
a Esteban-Infantes la decisión política
tomada. Traía consigo sendos despachos de los
ministerios de Asuntos Exteriores y del Ejército
referidos a la "Legión Azul" y en ellos
se denotaban diferencias entre las posiciones de ambos
ministerios sobre el volumen de la nueva unidad, que
al final tendría unos efectivos teóricos
totales de 2.133 hombres.
Unos días después
Hitler recibió a Esteban-Infantes en la Guarida
del Lobo, en Prusia Oriental. El general español
escribiría más tarde que le impresionó
tanto la austeridad del despacho del Führer como
sus palabras. Evidentemente pensando que el general
se las comunicaría a Franco cuando llegara a
España, el Führer repetía que los
angloamericanos no se daban cuenta que el verdadero
enemigo era Stalin y los soviéticos, no él.
Ni siquiera hizo referencia al retorno de la División
a España.
SILENCIO EN ESPAÑA
Los contingentes de la División
fueron regresando a España a lo largo de las
semanas posteriores. Ni Franco, ni Jordana, ni casi
ninguno de los altos cargos deseaba darle publicidad,
por lo que apenas hubo recepciones y las ceremonias
brillaron por su ausencia o fueron muy amortiguadas.
Cuando llegó a Irún
el propio jefe de la División, general Esteban-Infantes,
sólo acudieron a recibirle el general Pimentel
y las autoridades provinciales de Guipúzcoa.
No hubo público, a pesar de que la prensa local
lo había anunciado. Y al llegar a Madrid también
estaba vacía la Estación de Norte. Sólo
estaba en el andén una pequeña delegación
oficial formada por los generales Agustín Muñoz
Grandes y Andrés Saliquet, y el ministro Secretario
General del Movimiento, José Luis Arrese, junto
a unos pocos falangistas y antiguos oficiales de la
División. La representación alemana la
ostentaban los agregados militares, pero no asistió
el embajador. Nadie más. Ni siquiera los periódicos
de la capital habían anunciado el regreso.
Nada quedaba de los discursos
enardecidos, los "vivas" entusiastas, las
jóvenes con boina roja y camisa azul repartiendo
besos y flores, las multitudes eufóricas con
que se despedía a los voluntarios dos años
antes cuando marchaban al frente.
Con la evolución de la
guerra y la derrota del Reich, al Régimen de
Franco le interesó poner tierra encima a la odisea
de los divisionarios. Habían combatido bien,
sufrido mucho por la dureza de la guerra y por el frío,
..., pero casi nadie se acordó de ellos.
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