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Debemos entender la represión de posguerra, el
hecho represivo, como un todo global que abarca no sólo
el fusilamiento, sino también el estraperlo;
no sólo la prohibición de los partidos
políticos, sino también la humillación
sufrida por los vencidos en cárceles, campos
de concentración y misas de domingo. Y los repartos
de comida, la emigración del campo a la ciudad,
la ideologización a través de las escuelas
de varias generaciones de españolas, la represión
sexual. Todo obedece a una lógica interna que
el régimen, desde que sienta sus bases en la
inmediata posguerra, está explotando y utilizando.
El ya viejo y gastado debate sobre la naturaleza del
régimen franquista ha de empezar por tanto a
moverse, y así lo está haciendo en los
últimos trabajos sobre la represión, desde
el fascismo/fascistización/no fascismo, hasta
interpretaciones de sesgo cultural y social, de vida
cotidiana. Incitado por el hastío de una metodología
histórica que comienza a agotarse por sí
misma, y por el progresivo avance del paradigma historiográfico
y de las necesidades culturales y sociales del mundo
académico (y no sólo) español,
cada vez más los estudios sobre la represión
franquista comienzan a gravitar no sólo sobre
el aspecto político de la naturaleza del régimen,
sino que cada vez más se acercan a la realidad
social; a lo que habremos de llamar naturaleza moral
del régimen . Y entre estos temas que empiezan
a surgir como claves para entender de manera global
la España de la Guerra y la posguerra, destaca
el de los campos de concentración. Sacar a la
luz la historia de nuestros 104 campos estables (188
sumados a los provisionales) está levantando
más de una ampolla, y es que hay a quien no le
gusta que le revuelvan en las cloacas nacionales. Pero
también está levantando, junto a otras
cuestiones como la de las fosas comunes o la de las
compensaciones económicas, una sed de historia
que, hasta cierto punto, ha puesto contra las cuerdas
los paradigmas sociopolíticos sobre los que se
basó nuestro proceso de transición a la
democracia.
Paulatinamente los estudios cuantitativos y/o políticos
sobre la represión franquista están dejando
paso al análisis de las que generalmente llamamos
otras represiones, cuyo estudio está siendo aprovechado
por esa creciente sed de memoria, pero que tiene origen,
ante todo, en un creciente interés por desvelar
en clave cultural el enorme entramado de delación,
atenazamiento moral y privación de libertades
que implicó la multifacial represión franquista.
Y es que, a todos los niveles y en todas las escalas,
la guerra civil (1936-39, si bien es estado de guerra
se mantuvo hasta 1948; y ese no es un dato baladí)
fue un proceso de apropiación nacional, de choque
de identidades colectivas, de enfrentamiento de concepciones
antagónicas no sólo del poder, también
de la sociedad en su conjunto. Y tal hipostatización
no ha podido quedar sino indeleblemente marcada en el
imaginario colectivo y en la articulación simbólica
de la realidad. La violencia y la represión alcanzaron
todos los pueblos, todas las provincias, todas las comarcas.
Y eso podemos comprobarlo en el tema que presentamos
aquí de forma sucinta, el de los campos de concentración
para prisioneros de guerra, que va irremediablemente
acompañado del uso de su mano de obra como "esclavos"
del franquismo, y también al del uso presente
de la Historia .
La multiplicación de comunidades autónomas
que han propuesto la compensación económica
a los presos y prisioneros del franquismo (la última
en incorporarse, Euskadi) ha supuesto un reto en lo
epistemológico y en lo práctico a la historiografía,
tan poco pródiga a veces en difusión extra-académica.
Sin embargo, no puede decirse que se haya respondido
a este reto de manera suficientemente útil. En
primer lugar, porque algunas de las carencias de base
de ese uso actual (en medios de comunicación,
en la administración) de la historia de la violencia
franquista es compartido también por la profesión
académica. Por ejemplo, el generalizado desconocimiento
de algunas de las fuentes documentales para reconstruir
este tipo de cuestiones. Por ello, en primer lugar es
necesario dejar en claro cuáles son las fuentes
directas sobre las que se basa este intercambio academia-sociedad.
El fondo documental para estudiar los campos de concentración
franquistas se halla en los archivos militares: básicamente,
el Archivo General Militar de Ávila (AGMA), y
en Archivo General Militar de Guadalajara (AGMG). Sobre
todo en el primero, donde poco a poco está estructurándose
el que habrá de ser el archivo fundamental de
fuentes militares para la Guerra Civil Española,
se hallan los restos -buena parte, para qué seguir
negándolo, ha desaparecido o ha sido destruida:
un ejemplo palmario de ello es el campo de Lavacolla,
del que sólo aparece una referencia nominal en
un documento marginal- del sistema de campos, de su
organización y burocracia. En el segundo, a su
vez, se encuentran las referencias personales unidas
por la Comisión Liquidadora de la Jefatura de
campos de concentración; esto es, las largamente
buscadas fichas para atestiguar el paso de un prisionero
por campos o batallones de trabajadores. Los documentos,
en definitiva, que demuestran la "privación
de libertad" a la que se hace referencia en las
disposiciones de las comunidades autónomas para
el cobro de compensaciones económicas.
La información que dan los
expedientes personales unidos por la Comisión
Liquidadora, y que se encuentran en Guadalajara, es
casi inabarcable; no por ello se debe dejar de lado
a la hora de reconstruir la historia concentracionaria
española, ya que algunos casos de prisioneros
revelan un mundo de malos tratos, condiciones casi vejatorias,
y trabajos forzados, que no aflora jamás en los
papeles oficiales. Un ejemplo es el del soldado trabajador
Pedro Robles Clemente, madrileño nacido en 1918,
quien firma con letra refinada -muchos prisioneros firman
de maneras típicas de cuasi analfabetos-, voluntario
en el frente, evadido del Batallón Disciplinario
de Soldados Trabajadores Penados -donde se hacía
la llamada "mili con Franco"- n. 1 (Puerto
Bolonia, Tarifa), y fallecido en el Hospital Militar
de Algeciras a consecuencia de uremia el 28 de diciembre
del 41, a la edad de 23 años, estando entonces
en la Compañía de Castigo del Batallón
n. 41 por causa de deserción y robo, habiendo
ingresado allí el 26 de noviembre de 1941. La
uremia, como puede verse en cualquier enciclopedia,
puede deberse a causas cuales la vejez , la deshidratación
o los golpes en la zona renal. No es difícil
intuir que nadie muere de vejez a los 23 años,
y que los golpes recibidos en una Compañía
de Castigo podían ser tan crueles como la deshidratación
producida durante el trabajo. Una de tantas muertes,
de las que la documentación oficial da cuenta
raramente, en los campos de concentración y el
sistema penitenciario para los prisioneros de guerra.
No obstante, no sólo la
investigación se ve beneficiada por la yuxtaposición
de material organizativo y personal de prisioneros en
campos y batallones. Como señalábamos,
tanto la reconstrucción histórica como
las peticiones de compensación económica
han abierto la caja de los truenos y levantado la tapa
de una historia acallada por la dictadura y su peculiar
construcción identitaria: una identidad que primero
exaltó la violencia, luego la instrumentalizó
y por fin, trató de cubrirla. Y es que esa violencia
era "sanadora", redentora. Devolvía
al redil a cuantos habían subvertido o tratado
de subvertir el orden y el statu quo tradicional en
los años Treinta. Una violencia política,
física, simbólica, atenazadora de cualquier
disidencia real o potencial. Cuantos más estudios
se añaden al corpus existente, más se
evidencia la naturaleza última del régimen
implantado por Franco durante y tras la guerra civil:
la de la inmisericordia y la exclusión de los
vencidos . Gracias a la experiencia de la guerra civil
y el asesinato, ostracismo o repudio de los líderes
políticos y de pensamiento, podía ser
ahora, con el tiempo que daba la victoria total y la
connivencia con las potencias autoritarias europeas,
ese Mal reeducado, recristianizado y reaprovechado.
La historiografía sobre la represión franquista
ha alcanzado un grado de madurez que permite -sin existir
aún trabajos empíricos para todo el territorio
español- la síntesis, como modo de decantar
de los existentes las líneas interpretativas
que rigen el estudio de la realidad represiva franquista.
Ya no se apunta tanto a la necesidad de conocer las
"cifras exactas" tan pregonadas por los voceras
de la historiografía profranquista, sino que
se prefiere el estudio cualitativo, sociológico,
de la represión física, moral, económica,
cultural, que desarrolló la dictadura desde sus
orígenes de golpe de Estado, así como
de sus consecuencias. Tal cambio de perspectiva permite
analizar en clave de imposición violenta la represión
caliente desencadenada por el golpe de julio de 1936,
el "reajuste de cuentas" que dejó tantas
cunetas ensangrentadas y tantos desaparecidos y que
se trató de dominar a principios de 1937, fallido
el golpe de Estado. Tanto se dominó y racionalizó
la violencia, que del calor del 36 se pasó a
la frialdad calculadora de 1937, dominante en toda la
guerra (con los campos de concentración, las
cárceles, las leyes represivas) y su posguerra
hasta la culminación de la derrota y fin de la
resistencia armada, sin perder por ello su razón
de ser fundamental, articulando tribunales y estableciendo
redes sociales de colaboración con los militares
y civiles implicados en la represión de los republicanos,
como nos enseña Conxita Mir desde sus trabajos
en la justicia ordinaria. Dicha razón de ser
fue la exclusión y la inmisericordia para con
los vencidos en la guerra y en la "paz".
Valga un ejemplo: revisando las
dinámicas de actuación y represión
habituales en el funcionamiento de los campos franquistas,
hallamos que, por mucho la red concentracionaria no
se planease como medida en la escala local y regional,
la red coercitiva que los campos implicaban se extendió
hacia cada pueblo y cada región. Y lo hizo a
través de la que era una de sus misiones primigenias,
junto con las de reeducar y reaprovechar a los prisioneros
de guerra: la clasificación. Para la realización
de las depuraciones militares y político-sociales
e ideológicas la costumbre desde marzo de 1937
fue la de solicitar a los pueblos y ciudades de origen
de los prisioneros internados ilegalmente en los campos
una serie de avales para garantizar la pertenencia de
los mismos al modelo ideológico y moral del Alzamiento.
Las peticiones de avales sobre los prisioneros internados
en los campos franquistas fue así el modo en
que la administración militar reafirmó
a escala local cuáles eran los poderes básicos
sobre los que se sustentaba. Clero, fuerzas coactivas
-policía o guardia civil- y partido fascista
-jefes locales o alcaldes-, e incluso a veces el señorito
de turno, sirvieron en un tiempo próspero para
la acusación y la delación como catalizadores
locales de la imparable fuerza coactiva que campaba
a sus anchas por el territorio liberado. "Por sus
callejas de polvo y piedra, por no pasar ni pasó
la guerra", cantaba Serrat, refiriéndose
a tantos pueblos donde, en teoría, "no pasó
nada" durante la confrontación. Al menos
esa es la opinión de muchas personas que vivieron
en el Aragón rural respecto a sus pueblos de
origen. Mas, ¿en qué pueblo no murió
nadie durante 1936-39, en la localidad o en el frente?
¿Qué pueblo no tuvo a sus hijos en el
frente republicano, en el nacional, o en los dos? ¿Sabían
los familiares de los prisioneros republicanos que su
alcalde, su párroco o su guardia civil determinaba
la suerte del hijo en unas escuetas líneas de
acusación o descargo? Los espacios familiares
y de sociabilidad no podían quedar fuera del
control de un Estado que se pretendía totalitario
y clerical y que por tanto vedaba la transgresión
moral imponiendo sus propios criterios de valores, tradicionales
pero también permeables, basándose en
la jerarquía social nacida del Primero de abril
-o si se prefiere, los valores del 18 de julio-.
No fueron, por tanto, concebidos
los campos un elemento de uso represivo local ni regional.
Hubo gallegos en los campos de Galicia, al igual que
los hubo en Miranda de Ebro, San Pedro de Cardeña,
Castuera, Estella o Deusto. Lo que interesa saber, en
este caso, es el grado de interactuación entre
los habitantes de los lugares donde había campos
de concentración y sus indeseados pobladores.
Interactuación que podía, claro está,
ser directa o simbólica. Directa, puesto que
en muchos centros (como Cedeira, donde algunas viudas
mandaban mensajes a los prisioneros con las ropas tendidas
en lontananza, según códigos que ellos
conocían previamente) hallamos referencias a
contactos con la población civil, con mujeres
que intentan pasar mendrugos de pan o lavar las ropas
de los prisioneros -lugareñas o esposas y familiares:
el concepto "esposa de prisionero" o "de
preso" adquirió casi un status político
diferenciado en España- o con capataces y jefes
de obra que, a través de las alcaldías,
utilizaban la mano de obra de los prisioneros. Y simbólica,
pues no cabe duda que tal contacto hubo de suponer un
medio de coerción para, de manera ejemplar, eliminar
cualquier viso de disidencia política, ideológica
o moral a los valores del Movimiento. El paradigma de
la exclusión es el principio de inteligibilidad
básico para entender la enorme maquinaria represiva
que puso en marcha el estado de Franco, siempre persiguiendo
su principal objetivo, el de durar.
Duró el régimen;
y duró también el sistema de internamiento
y trabajo forzoso establecido para reeducar al Mal con
mayúscula de la Nación. De los campos
salían los batallones de trabajadores; de las
cárceles, las Colonias Penitenciarias Militarizadas.
Éstas tuvieron penados hasta 1946. Catorce años
después se solicitaría el cambio de nombre
del Servicio (concretamente Penitenciarias Militarizadas),
ya que según decía su responsable, "no
parece justificado y puede hacer creer en la existencia
en España de un Organismo Oficial que emplea
penados en sus trabajos en régimen de esclavitud".
Esta última parte se rodeó a lápiz
en alguna instancia oficial y, escrito encima, se puso
un enorme "no". Siendo un documento oficial,
no podía hacerse ver que antes, cuando sí
había penados, éstos eran auténticos
esclavos .
La actualidad y las polémicas
generadas por asuntos como estos, donde progresivamente
se ratifican las intuiciones de la historiografía
en cuanto a los porqués de la larga duración
de la dictadura de Franco, se asumen aquí como
necesaria fuente de discusión e intercambio;
debate donde la historiografía profesional se
ha impuesto como el referente a seguir, normalizando
y dotando de rigor el estudio de un pasado cada vez
menos oculto. La justicia de Franco, con sus leyes represivas,
sus delaciones, sus cárceles, sus campos de concentración,
no es ya parte de una memoria escondida ni de un inútil
pacto de silencio. La historiografía, nos recuerda
Casanova, ha ayudado a levantar las tapas de las cloacas
de la dictadura; unas cloacas llenas de muertos y procesiones,
de imposición, en definitiva, de una dictadura
que por cambiante nunca renunció a su poso coercitivo.
En evidenciarlo radica el compromiso de la historiografía
con el rigor y la divulgación de eso que tantos
denominan "memoria histórica". A fin
de cuentas, todo ello formó parte del paisaje
de métodos empleados para imponer un orden coactivo
que vino a llamarse la Nueva España.
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