Suele ocurrir que guardamos de nuestra infancia una serie de recuerdos,
unos concisos y diáfanos, y otros confusos que se distorsionan
entre la espesa niebla del recuerdo. Yo guardo de mi infancia un recuerdo
duro, sólido como una roca; lo siento en mí, sobre todo
en las horas más tristes de mi vida.
¿Tendría
yo tres, cuatro, cinco años?, ¿cómo era mi padre?,
¿dónde me bañaba en las abrasadoras tardes de julio?,
¿era en las verdes y frescas aguas del Turia?, ¿qué
eran aquellas figuras enhiestas y tenebrosas que había en mi
casa?, ¿por qué sacrificaban la paz de mi hogar?
Toda respuesta es plausible,
pero ahora sé que mi infancia fue dolorosa y trágica.
Son recuerdos descarnados, hijos de la febril violencia... Lo sé,
era aquella habitación modesta, la sala de los horrores. No he
logrado desterrar de mi mente aquellas interminables noches en casa,
en compañía de mi madre; éramos inocentes espectadores
del sacrificio humano, de la tortura, del más profundo primitivismo,
del martillo inquisidor, de la nauseabunda miseria humana. Sí,
era él
mi padre, víctima del secular misoneísmo
patrio, de la imbecilidad de los incapaces de comprender.
Lo que llamamos "visión
del mundo" es algo impuesto desde el exterior que va filmando imágenes
que configuran nuestro modo de ser. No somos nosotros los que adecuamos
con nuestra mirada lo que nos rodea.
Sí, yo vivía
en un mísero pueblo que sobrevivía en la tosca Sierra
de Cuenca, en las escarpadas y rotundas montañas ibéricas,
costillar de Castilla. La tierra sin concesiones, austera y seca como
la vida de mis gentes.
En el alto páramo
se yergue solitaria y altiva la atormentada sabina, aferrándose
estoicamente a la tierra, a la vida
En la cresta de la dorada
colina emerge la romántica imagen de unos hombres que cantan,
ebrios de pasión, canciones libertarias. Al fondo se dibuja la
silueta de una bandera roja sobre el intenso azul del cielo. Un estremecedor
viento helado rasga la colina
La nueva situación
nos llevó a Valencia. Con mi madre, tal vez en un lento coche
de línea, dejamos nuestra tierra muerta, doblemente muerta por
la guerra civil y por la administración terrenal de una tropa
de anémicos mortales, los nuevos cruzados que esparcieron con
terror su doctrina política y su sórdido dogma levítico
que nos hablaba de los infiernos y que direccionaba las conciencias
de las gentes.
Estábamos en la
ciudad. Mi recuerdo la imagen de mi madre que regresaba sola del trabajo,
cansada y triste y salía a su encuentro para abrazarme a ella.
En las ciénagas
del recuerdo aparece ese niño de presencia indómita y
frágil que levanta los brazos y clama justicia, aquel niño
que conoció tan pronto las secuencias más crudas de la
vida.
Yo sé que soy aquel
niño que jamás podrá olvidar el amargo paso de
la vida; ese niño no olvida y mantiene viva la "memoria
histórica", y sabe que (tal vez en un recóndito páramo
turolense) yace la fértil semilla de la DIGNIDAD personal y colectiva
de un pueblo y de una cultura, la única patria cálida
y fértil de la rabia y de la idea.