Son duros los caminos de la memoria para una sufrida lente que atraviesa
el mundo con la ingenuidad de quien sólo espera encontrar pureza
y autenticidad a su paso; en cualquier recodo se encuentra con las luces
del estrellato y tras la primera efusión se tropieza con un sutil
nerviosismo que advierte de la existencia de ciertos pensamientos tempestuosos.La
pequeña máquina óptica se conmueve con un brusco
cambio de ritmo y una inesperada pulsión agresiva, y no tiene
más remedio que preguntarse: ¿estaré apuntando
en la dirección correcta? Porque quien aparece en su objetivo
no es la voz de la conciliación, cuando se habla de unidad y
solidaridad, ni siquiera la voz de la justicia cuando se menta el derecho
de los olvidados. Y sin embargo, está tan próximo a la
imagen que se espera de ello, y es tan idéntico a otras voces
que hablan de lo mismo y que pretenden encontrarse en un foro de conversación
en el que poder destilar la esencia de ese espíritu común,
que es la memoria histórica, y el reconocimiento hacia aquellas
personas que, pese a sus sacrificios y humillaciones, han pretendido
mantener viva la llama de la lucha contra la tiranía. Porque
la retina electrónica busca la esencia, el mensaje subyacente,
lo concreto, aquello que eterniza una idea y la hace perdurable por
encima de la brevedad del tiempo mortal. Sin embargo, la pequeña
cámara pierde su norte, se debate entre dos cauces igualmente
atractivos y que dicen desembocar en el mismo lugar, y se pregunta ¿si
la verdad está en ambos, por qué uno pretende emborronar
la imagen del otro? Tal vez porque la verdad haya dejado de ser patrimonio
universal para convertirse en imagen representativa de una parte, o
tal vez porque el derecho a otorgarse unas ideas sólo ha sido
permitido a quien produce más ruido de pucheros en su intentona
de que el eje de la cámara gire hacia su posición. Entonces,
es que volvemos al pasado, no hemos encontrado un pasaje hacia el futuro
-aquello que los historiadores judeocristianos y los materialistas dialécticos
califican como el lugar al que se aspira-, sino que permanecemos en
la rueda del eterno retorno para reconstruir una vez más una
versión aderezada de la historia universal de la infamia. Y es
en esa encrucijada que la pequeña máquina visual mira
hacia el horizonte más espacioso, donde caben más elementos
de variedad, donde nadie se alza como gurú del "recto camino",
ni nadie pretende ser el portavoz de la autenticidad, que, si alguna
vez existió, se ocultó tras un espeso velo en el momento
que se comenzó a hablar de ella. Benditos sean los justos que
nunca pretendieron dar con esa verdad.
Pero el pequeño ojo digital sigue observando, descubriendo matices,
comparando actuaciones, y en su pureza de niño bobo, va comprendiendo
los motivos que mueven el mundo, esa pluralidad de mundos paralelos
que no saben vivir juntos cuando el transfondo más real pretende
ser aquel que ha conseguido el mejor enfoque.
Y la cámara percibe los gestos y no hace caso a las palabras,
las oye fríamente y las almacena en sus legajos de adoctrinamiento
polvoriento, sin descuidar, pese a su esclerosis, su insidioso poder
de dardos envenenados.
Antonio Moya Zarzuela