Hace
unos días, en un artículo titulado "El rescoldo de los pueblos",
lamentaba el escaso entusiasmo que lo rural despierta entre quienes con más
o menos asiduidad opinamos en este periódico. Lo rural, decía, no
obtiene en la capital el eco que en una provincia como esta merece. Y no hablaba
de información, sino de reflexión o de debate, de ese ir un poco
más allá de lo que ocurre, lo propio de la sección de opinión
de un medio escrito.
Algunos
pueblos cuentan con una vida cultural latente y singular. Insisto en que no los
más conocidos o emblemáticos, sino esos a los que no atiende la
fortuna. Aducía en mi artículo el ejemplo de Torre de las Arcas,
a propósito de la última entrega de su revista, y ahorraba al lector
numerosos casos parecidos, locales y comarcales. Pienso ahora que incluso el último
apéndice de la Gran enciclopedia aragonesa refleja convenientemente esta
atractiva situación.
Como
es obvio, no compete a la enciclopedia aragonesa aludir a fenómenos socioculturales
que se produzcan al otro lado de la frontera regional, pero yo sí quiero
referirme aquí a un evento que demuestra la pujanza de un pequeño
pueblo de la limítrofe serranía conquense, merecedor de figurar
en cualquier recuento sobre el desarrollo rural. Estoy hablando de la localidad
de Santa Cruz de Moya, un paso más allá del Rincón de Ademuz,
lindante con nuestro Arcos de las Salinas.
Muchos
lectores de DIARIO DE TERUEL saben que el primer domingo de octubre se celebra
en Santa Cruz de Moya un acto en memoria de los guerrilleros antifranquistas de
esos y de estos montes, que al cabo son los mismos. Junto a viejos testimonios
se concentra en las inmediaciones del pueblo un nutrido grupo de simpatizantes,
y ondean esa mañana las banderas republicanas, y hay discursos encendidos
en los que se invoca hasta el desgaste la palabra libertad. Los autobuses, terminado
el acto, se marchan de Santa Cruz, vuelven a las grandes urbes, y lo que ondea
de nuevo es el silencio. El hondo silencio de la serranía.
Sin
embargo, desde hace un lustro, la asociación cultural "La gavilla
verde" organiza unas jornadas sobre el maquis en los días previos
al homenaje del domingo. Este año, en su sexta convocatoria, empezarán
el jueves 29 de septiembre. Vaya por delante mi invitación a los lectores.
El trabajo de "La gavilla verde" es ejemplar, me barrunto que único.
Ciñéndonos a las jornadas anuales sobre la guerrilla, "La gavilla
verde" ha conseguido que Santa Cruz de Moya sea cita obligada no ya de curiosos,
románticos y simpatizantes con las causas periclitadas, sino lugar de encuentro
de especialistas e investigadores. Ya quisiera para sí este escaparate
cualquier pueblo de la España interior: historiadores, periodistas, escritores,
cineastas..., ese variopinto etcétera de la cultura que a menudo llena
las páginas más sesudas e informadas de la prensa nacional satisface
su curiosidad en la posada de un pueblo de la serranía conquense, convertido
esos días en un hervidero de datos, noticias y conocimientos.
Entre
nosotros, oigo de bocas muy diversas -y muy a la ligera- la expresión "poner
a Teruel en el mapa". A falta de recursos y de imaginación, nos agarramos
a las frases hechas, de modo que usarlas resulta sospechoso. Pero no tengo más
remedio que aceptarlo: "La gavilla verde" ha puesto a Santa Cruz de
Moya en el mapa.
Esfuerzo
titánico, me consta, nunca bastante reconocido. A veces incluso torpedeado.
Esto último es lo que me sorprende y me fastidia. Que la polémica
planee sobre el trabajo de esta asociación nada tiene de particular: al
fin y al cabo, la República, la guerra y el primer franquismo evocan un
tiempo de disensiones trágicas; lo que llama la atención es que
azuce esta polémica un sector de la izquierda. Hace setenta años
la izquierda era un río revuelto, y a tenor de lo que ocurre con el homenaje
de octubre al mundo guerrillero, no ha dejado de serlo: un río revuelto
lleno de pirañas. A quienes sólo dicen asustarse con ciertos demonios,
conviene advertirles de que la sombra de Stalin es alargada.
A
todo esto, la web de "La gavilla" recoge cuanto, bueno o malo, se dice
sobre ella y sobre el pueblo. Cuando escribo estas líneas ofrece cerca
de setenta "buenas razones" para que desde cualquier parte se les apoye.
No imagino hasta dónde llegará la cuenta, pues las razones se me
antojan incontables. Pienso en ellos, en los asociados, en su entrega y en su
amabilidad; pienso en su limpia mirada al pozo de la memoria; pienso en el lujo
que representan para su pueblo; pienso en el beneficio que generan sobre ese rincón
olvidado de la sierra, que gracias a ellos acoge algo más que un peculiar
ejercicio de nostalgia de un domingo de octubre. Porque su trabajo no se limita
a eso, sino que abarca el conjunto del calendario y tiene al pueblo como objetivo.
Dicen
ellos que van tras "una utopía rural al alcance de todos". No
sé si alcanzarán esa utopía, ni sé el precio que pagarán
en horas y en empeño. Pero sé que otra cosa sería el mundo
rural -el de Cuenca, el de Teruel y el de cualquier parte- si cada pueblo contara
con sarmientos como los suyos para hacer una buena gavilla.