Al amparo del terror impuesto por las
partidas, el nuevo delincuente pone en práctica procedimientos
similares y comete delitos que a veces parecen cometidos por aquéllos,
mientras que su autor duerme tranquilamente en su casa, porque resulta,
en efecto, natural que todas las fechorías de este tipo se les
atribuyan a los bandoleros. Tanto es así, que a veces pasa mucho
tiempo sin que nadie piense que puedan ser otra clase de maleantes.
La sorpresa es cuando, al ser detenido
alguno de los forajidos en acción en la sierra y se le empieza
a preguntar sobre delitos acaecidos con anterioridad, se comprueba que
las partidas nada tuvieron que ver con tal o cual caso, algunos, incluso,
seguidos de asesinato.
En lugares donde hubo organizaciones guerrilleras,
el número de malhechores espontáneos de la clase de que
venimos tratando fue a veces superior al de los bandoleros en acción.
Muchos son los casos que podríamos
citar, apropiados al caso que nos ocupa, pero el que sigue es el que
consideramos mejor, más completo como expresión clara
de un 'reflejo delictivo, cuyo origen fue el bandolerismo existente
entonces en la zona que fue teatro de un crimen repulsivo y llevado
a cabo por dos desalmados, más criminales que los bandoleros
mismos.
En la zona de Alhama de Granada, en fin
del año 1951, existían restos de una organización
de bandoleros. La cuantía y gravedad de sus crímenes es
grande, pues están virtualmente eliminados, y los pocos que quedan
necesitan dinero para desaparecer, definitivamente, de la sierra. Los
secuestros se suceden. El último ha sido seguido de asesinato,
dentro del término municipal de Ventas de Zafarraya, pequeño
pueblo en las proximidades del límite de las provincias de Málaga
y Granada y al sur de esta última. La gente de los contornos
está fuertemente impresionada. Y, al poco tiempo, dos meses después,
otro secuestro. Desaparece un joven, hijo del dueño de una industria
importante de la localidad.
Los hechos acontecen de la forma siguiente: Sobre las nueve de la noche
del día X, un Individuo, tratando de fingir otra voz, se aproxima
a la casilla en que habita un empleado del padre de la víctima,
y, a través de una ventana exterior, dice: "Tenemos secuestrado
al Fulano; aquí, en la puerta, le dejo su bicicleta; dígale
al padre que lleve personalmente o mande
setenta y cinco mil pesetas, saliendo el portador a las doce en punto
de la noche de la fábrica con la bicicleta y con el farol encendido
por la carretera y con dirección a Alhama, y que tenga mucho
cuidado en no denunciar. Que su hijo quedará en libertad tan
pronto recibamos el dinero, y que de no recibirlo antes de la una, no
volverá más."
Se denuncia el caso, se montan los servicios,
se deja en libertad de entregar el dinero al padre, cumple éste
puntualmente lo exigido por los autores del secuestro, reciben éstos
el dinero sobre las doce y cuarto de la noche, cuyo paquete hicieron
tirar en un campo de trigo, a unos trescientos metros del punto de partida,
y a pesar de que las patrullas de la Guardia Civil cubren todas las
salidas posibles, no hay encuentro con los secuestradores ni son vistos,
pero el secuestrado no aparece aquella noche, ni al día siguiente,
ni nunca.
Desde el primer momento se apreció
que los criminales no eran bandoleros, sino otra Clase de maleantes
y que conocen perfectamente a los habitantes de la fábrica y
los alrededores, y, por lo tanto, deben ser vecinos del mismo pueblo,
y toda la actuación de la fuerza se inspiró en este convencimiento.
Los autores no podían ser bandoleros,
sencillamente por el medio empleado. Ni la luz para percibir la salida
y marcha del portador del dinero, ni la carretera como itinerario a
seguir por éste, la distancia a que le salieron en paraje corrientemente
muy transitado, confirmaba de manera terminante que no se trataba de
bandoleros. Además, la única partida que podría
haber cometido hechos de esta naturaleza se sabia, con fundamento, que
se hallaba en aquellos días en la parte recayente al mar, del
término de Torrox (Málaga).
La víctima fue secuestrada cuando,
desde un cortijo de las afueras del pueblo donde vivía la novia,
se dirigía a su propia casa, como de costumbre, a la caída
de la tarde.
Días después apareció
el cadáver del secuestrado en una cueva; pero las gestiones inmediatamente
seguidas no dan luz ninguna. Como consecuencia de ellas, se detiene
a nueve atracadores de aquellos contornos, se declaran autores,) incluso,
de varios secuestros anónimos, etc.; pero de éste no dicen
nada, negando su participación. Llega a creerse que entre éstos
están los autores, pero nada declaran.
No cesan, sin embargo, las Investigaciones
en el pueblo de Ventas, y al cabo de un año y cuatro meses son
descubiertos y detenidos, convictos y confesos, los dos autores, gracias
a la sagacidad de una contrapartida tenaz ya prestigiada.
El hecho lo realizaron como queda dicho;
pero inmediatamente después de coger su presa, le dieron muerte
y dejaron su cuerpo donde después
fue hallado. Por lo tanto, pudieron, más tarde, hacer su vida
normal, saludar a los amigos habituales, etc.; después dieron
el aviso en la ventana de la fábrica, y más tarde acudieron
por el dinero, regresando a sus casas, y al día siguiente acudieron
al trabajo como de ordinario.
Ningún rastro dejaron de su actuación.
¿Que por qué no se marcharon
a la sierra a unirse a los bandoleros? Pues porque ya no habla partidas.
Quedaba sólo una, que poco después de este crimen cayó.
Si hubiese sido un año antes, si se hubiesen marchado, pero ellos
ya sabían que en la sierra no tenían nada que hacer. Creían
con toda firmeza que este asesinato se achacaría a "los
de la sierra", y, por lo tanto, que nadie les molestarla y quedaría
perfectamente impune.
La lección esta clase de aprovechados
aprendices fue para ellos la mejor de todas, y en una amplía
extensión se quedaron quietos por mucho tiempo. (N. del A.)