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Nuestros silencios, la mayoría de veces, están
disimulados por miedos que nos amordazan y nos conducen a cometer una
conducta hipócritamente correcta hacia los demás. Nos olvidamos de que
hemos sido provistos de voz. De una libre opinión que nos caracteriza y
nos hace únicos.
Solemos fingir lo que realmente sentimos por motivos
tales como el temor a superiores en el trabajo, por el fantasma del
instituto o por los propios padres, que en casos aislados (quiero creer)
afortunadamente, son los peores enemigos.
El silencio y el miedo son aliados muy afines. Uno
sigue al otro. Lo que más nos perjudica y nos convierte en dianas, son
sus consecuencias, que también nos somete a una cobarde conducta
colectiva. A consentir que la dignidad puje en bolsa y tenga sus
acciones. Verán, ¿saben lo que creo? Que los que ahora se ríen de la
pobreza, de la miseria social, tienen sus días, sus años, sus siglos,
contados. Los desheredados de hoy reclamarán lo que les pertenece; pero
no lo harán por convicción, que sería lo ideal, sino por pura necesidad.
El hambre crece, los pocos ricos del mundo, sí, esos que pueden paliar
la miseria de miles de millones de gente y no llegan a cien personajes;
individuos sin escrúpulos, engordan en sus porqueras. Los que piensan
que la solución es la inútil seguridad como un opaco cristal blindado,
como un hoyo donde esconder sus cabezas cual avestruces.
El caso es que los hambrientos, se están afilando los
dientes, y, quizás, algún día, sin predecir, se acerquen a comerse los
culos celulíticos e inflados por la “gula” del Norte de favorecidos e
indiferentes.
El mundo se convulsiona, y lo oímos tantas veces que
parece que son las noticias de otro mundo. Vemos en directo los
bombardeos de una guerra en la que se canjea el crudo por la sangre
mientras miramos a otro lado; que las tragedias si no están cerca de
nosotros mejor, aunque sepamos de sobra que existen. Para eso tenemos la
seguridad. Para que sea un paliativo a nuestro claro conformismo y
consentimiento. Para que hagan invisibles a los menesterosos
infortunados, a los que condenamos a un ostracismo justificado y
oficial. No pertenecen a nuestra sociedad, y sin embargo, nos hacemos
dueños de sus vidas por razones de macroeconomía y chorradas varias.
Si fuéramos capaces de comprender que el silencio
lleva al miedo y el miedo a la sumisión, tal vez, después de varias
generaciones, con una pedagogía basada en esa esperanza de acabar con la
miseria, sería posible albergar más alternativas a las que los estados
nos ofrecen. Es cuestión de convicción y voluntad. Podemos preparar
ahora a los que algún día verán en nuestros errores y aciertos del
presente y el pasado, una Historia. Su Historia. Su evolución. El
porvenir, que estarán obligados a legar en mejores condiciones, pues en
ese valor fueron formados. Y así evitar que la inteligencia siempre los
privilegios de unos pocos sobre la gran mayoría.
Nuestros nanos y nanas, tienen que saber manejar con
la misma eficacia el ordenador y la azada. Porque ante un apagón global
si se produjese sólo sobrevivirán aquellos que sepan clavarla en la
tierra y sembrar frutos. Ordeñar vacas, mientras un ligero viento de
libertad seca el sudor de sus frentes.
El pedagogo catalán, Francisco Ferrer y Guardia,
creador de la Escuela Moderna y cabeza de turco en la Semana Trágica de
Barcelona a principios del siglo XX, que hizo escuela en varios países
europeos, ya lo intentó pero según sus propias palabras, “al Estado no
le interesan estos individuos”.
Otro pensador, esta vez ruso, Mijail Bakunin,
libertario, rebelde y chispa del fuego entre los dos siglos pasados en
conflictos sociales, dijo también que de esta manera, instruyendo a los
jóvenes con estos valores basados en la generosidad para alcanzarla y
obrar en justicia, se evitaría de este modo “la aristocracia de la
inteligencia” y la denominó: “Formación Integral”.
Parece que nos hemos alejado del tema principal, pero
esta reflexión era demasiado importante como para pasarla por alto. La
ignorancia y el miedo son los nervios esenciales del silencio de nuestra
conciencia. No se trata de cambiar todos a la vez, eso no se lo cree más
que los ilusos que creen en cenizas de revoluciones. Ahí está la
Historia para ilustrarnos.
Se trata de construir este nuevo mundo día a día.
Paso a paso. En el trabajo, en el bar, en el barrio, en el pueblo; donde
todos sabemos más o menos como somos, aunque lo disimulemos muy bien ya
que no solemos decir lo que pensamos pues conviene esconder la realidad.
Convenciéndose, de que el Ser Humano, es capaz de hazañas que no
precisan derramar sangre. Que hemos de regresar al cruce de caminos para
comenzar a caminar por el camino correcto; que no es ni el bueno ni el
malo, sino el justo. El camino que nunca vuelva a llevarnos al
irrespirable mundo de la codicia.
Benjamín Lajo Cosido
(memorialista)
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